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01 de junio de 2015

Dí­a del Espí­ritu Santo

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espí­ritu Santo.

Hoy celebramos el Dí­a del Espí­ritu Santo. ¿Qué sabemos acerca de Él? Ayer, en la fiesta de la Trinidad, hemos oí­do las maravillosas palabras de las oraciones, pero si se piensa en el nombre que le da el Evangelio al Espí­ritu Santo, que se traduce como 'Consolador' en otras traducciones - 'Paráclito', Intercesor, Defensor, ¿quién es entonces?

En verdad, Él es el Consolador, que repone nuestra separación de Cristo, que nos consuela como huérfanos, llorando porque queremos estar con Cristo, nuestro Dios, nuestro Salvador, yq que mientras estamos en la carne (estas son las palabras del santo apóstol Pablo), estamos separados de Él. Pero a fin de que Él sea nuestro Apoyo, nuestro Consolador, en primer lugar, debemos darnos cuenta de que estamos realmente separados, segregados. Y aquí­ está la primera pregunta que nos hemos propuesto: ¿Somos conscientes de ello? ¿O vivimos en la ilusión de que estamos en Dios y Dios en nosotros, y no se necesita nada más? Y la realidad es que necesitamos mucho más de lo que imaginamos.

El Espí­ritu Santo, también es Quien como Ayudador y Fortaleza nos da el poder para vivir, a pesar de la separación con Dios, para cumplir firmemente la voluntad de Dios y Sus mandamientos. Él es el que le da fortaleza, determinación y fuerza al alma. Pero, de nuevo, sólo si nos volvemos a Él y decimos: ¡Ven! ¡Mora en nosotros! ¡Purifí­canos! ¡Ya no sólo sé nuestro Consolador, sino también nuestra Fortaleza y Poder!

Y, por último, nos da incluso ahora la alegrí­a de saber lo cerca que estamos de dios, a pesar de que la distancia entre Dios y nosotros parece infinita. Él es el que de lo más profundo de nuestras almas saca súplicas inefables a Dios. Él es el que, debido a que somos de Cristo, Sus hermanos y hermanas en la humanidad (y estas son las propias palabras de Cristo), nos da a conocer que nosotros somos los hijos del Padre. ¡Qué alegrí­a, qué milagro, qué dignidad, y qué responsabilidad!

Si pensamos en nuestro mundo, que es tan ajeno, separado de Dios, para ese mundo el Espí­ritu Santo es el comienzo de la vida eterna. Su presencia en el mundo es un acontecimiento decisivo: golpea, bate como el mar contra las rocas, y rompe y destruye la resistencia. Él es la alegrí­a de la eternidad que llama a nuestra puerta, que irrumpe en nuestras vidas, nos recuerda de Dios, de Cristo nuestro Salvador, de nuestra grandeza y dignidad ante Dios y que todo es posible en el poder de Cristo que nos fortalece.

Por lo tanto, celebramos con responsabilidad y con gratitud este dí­a. Y que el Espí­ritu de Dios, que descendió con lenguas de fuego sobre los apóstoles, descienda también sobre nosotros, o bien como un incendio, que nos inflame y nos haga fervientes como la zarza ardiente, o bien como una 'pequeña voz', la pequeña brisa que el profeta oyó en el desierto donde Dios estaba en Su calma humildad, Su entrega por nosotros, Su amor por nosotros. Amén.

 
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