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06 de marzo de 2016

El Temible Juicio

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. En el día de hoy recordamos el día del Temible Juicio del Señor. ¿Qué hay de temible en ese juicio? ¿Es acaso el castigo que podemos recibir? ¡No! En cierto sentido, el castigo alivia el peso de nuestro pecado; el castigado siente que ha pagado su deuda, ahora puede caminar libremente. Lo temible del juicio es que vamos a estar delante del Dios vivo, cuando ya sea demasiado tarde para hacer un cambio en nuestras vidas, y descubriremos que vivimos en vano, que para nosotros y en nosotros - sólo hay vacío, el sinsentido de la vida. Todo el sentido de la vida era amar de manera viva, activa - no de manera sentimental, no con los sentimientos, sino con las acciones: amar, como Cristo dijo: el que ama ha de dar su vida por aquellos que necesitan amor; no por aquellos que me son queridos, sino por el prójimo que me necesita ... - de pronto descubriremos que pasamos por al lado de todo ello. Podríamos haber amado a Dios, podríamos haber amado a nuestros semejantes, podríamos habernos amado a nosotros mismos, es decir, tratarnos con respeto, viendo en nosotros toda la majestad de la imagen de Dios, la grandeza de nuestra vocación de ser llamados a ser participantes de la naturaleza Divina (2 Pedro 1: 4). Y pasamos por al lado de todo esto, porque era más fácil subsistir en lugar de vivir, es más fácil existir sin vida. ¿Qué ocurriría si alguno de nosotros de vuelta a casa - viera que la persona más querida está muerta? Sería un momento de terror, un momento en que comprenderíamos qué es el amor, y que ya es demasiado tarde porque ya no podemos dar amor a esta persona, porque fue privado de la vida misma ... Y cuando estemos delante de Cristo, no veremos que somos responsables por Su crucifixión con toda nuestra vida, con la forma en que vivimos nuestras vidas indignos de nosotros mismos, indignos de Él, indignos de nuestro prójimo. ¡Veremos que el asesino no es aquel que escapó antes de nuestro regreso a casa, el asesino - soy yo! ¿Cómo será estar delante de Cristo? La cuestión no está en el castigo, sino en el horror por nosotros mismos. Tenemos tiempo; Cristo nos dice que el juicio no tendrá piedad de aquel que no demostró piedad, que en vano decíamos que amamos a Dios, si no amamos a nuestro prójimo, es una mentira. Y Él nos dice hoy, en qué consiste el amor al prójimo, que se transfiere a Él. ¡Porque servir a cualquier persona, a otra persona, significa regocijarlo a Él, es servirle a Él! ¡Pensemos! Tenemos el arrepentimiento, es decir, podemos convertir la tierra al cielo, la conversión del corazón y de la mente, un cambio de rumbo; y este cambio depende de nuestra voluntad y nuestra determinación. San Serafín de Sarov decía que entre el pecador perdido y el santo que se salva hay sólo una diferencia: la determinación. ¿La tenemos acaso? ¿Estamos preparados para actuar con determinación? Además, en una semana nos reuniremos aquí para el servicio del perdón; pediremos perdón y perdonaremos. Pero pedir perdón sin dar los frutos del arrepentimiento - no tiene sentido. ¡Permanecer iguales a como estamos hoy, pedir perdón por lo que fuimos ayer, no tiene sentido! Tenemos que reflexionar acerca de nuestra vida, sobre nosotros mismos, reconocer aquello de lo que somos culpables delante de cada individuo, y decidir cambiarlo; y no pedir perdón con el fin de sentir que ahora estamos libres del pasado, sino con el fin de emprender un nuevo camino; dar un nuevo comienzo a nuestra vida, con una nueva relación con las personas a las que humillamos, ofendimos, robamos espiritualmente - y en todos los demás sentidos. Y cuando perdonemos, debemos hacerlo de manera responsable. Reflexionemos acerca de nuestras vidas, y preguntémonos, ¿qué pasaría si ahora, hoy, debiéramos presentarnos delante de Dios - y ver que estamos vacíos, que hemos vivido en vano y sin sentido. ¿Y qué pasaría si ahora, de pie ante Dios en este vacío, miráramos alrededor y viéramos que nuestra salvación depende de aquellos que están dispuestos a perdonarnos, y de si estamos dispuestos a perdonar - y que ni ellos ni nosotros lo podemos hacer… Pensemos, reflexionemos, porque no es cuestión de prédica, o de la lectura del Evangelio, sino una cuestión de vida o muerte: ¡elijamos el camino de la vida! Amén.

 
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