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15 de febrero de 2017

La Presentación en el Templo de Nuestro Señor, Dios y Salvador Jesucristo

Después de cumplirse los cuarenta dí­as prescriptos por la Ley de Moisés para la purificación de la madre de un hijo recién nacido (Lev. 12:2-4), la Santí­sima Madre de Dios y San José llevaron al Niño Jesús a Jerusalén para presentárselo al Señor. Como todos los primogénitos, que pertenecen por derecho al Señor (Ex. 13:15), tuvo que ser consagrado en el Templo y, según la Ley, cambiado por la ofrenda en sacrificio de un cordero de un año o, para las familias pobres, por dos tórtolas o pichones (Lev. 12:8). El Señor de los cielos y la tierra, y Legislador de su pueblo Israel, no viene a destruir la ley sino a cumplirla (Mt. 5:17). Habiendo tomado sobre sí­ nuestra naturaleza mortal caí­da por la desobediencia de Adán, él la restauró desde el momento de su venida al mundo haciéndose obediente a todas las prescripciones de la Ley. Fuente de toda riqueza y de todas las gracias, él mismo se hizo el más humilde y el más pobre de todos nosotros. Obedece la Ley que nos ha dado y que nosotros los hombres no dejamos de transgredir, mostrándonos que el camino de la reconciliación con Dios es la obediencia. Aunque ni él ni su inmaculada Madre tení­an necesidad de purificación, después de de ser circuncidado en la carne al octavo dí­a (cf. 1 ene.), esperó en la cueva de Belén durante el tiempo que según la Ley debí­a transcurrir antes de ser presentado en el templo su glorioso cuerpo, que él habí­a tomado para convertirse en el nuevo Templo perfecto de su divinidad. Él, el inaccesible e incomprensible Dios, aceptó recibir a cambio de la ofrenda de tórtolas y palomas, sí­mbolos de pureza, paz e inocencia que el Salvador, el amigo del hombre, vino a traernos.

Al llegar al templo, fueron recibidos por el sumo sacerdote Zacarí­as, el padre de San Juan Bautista que, contra todo precedente, dirigió a la Madre de Dios hasta el lugar apartado para las ví­rgenes. En ese momento, llegó al templo un hombre llamado Simeón. Este era justo, piadoso y obediente a todos los mandamientos de Dios, y habí­a esperado muchos años para que se cumpliese la profecí­a inspirada por el Espí­ritu Santo, es decir, que no morirí­a antes de haber visto y tocado a Cristo el Señor. Simeón, que representaba la esperanza de Israel, extendió los brazos para recibir al Salvador como en un trono de querubines, y bendijo a Dios diciendo: Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido: porque mis ojos han visto la salvación (Lc. 2:29). El primer Pacto y la Antigua Ley, desaparecen con la aparición de Cristo, en la oración de Simeón pidiendo permiso para retirarse ante la venida de la Luz de la Gracia. Este hombre anciano, a quien se le permite ver y tocar al Salvador, tan esperado por los justos y los profetas, le pidió a Dios con toda confianza que lo liberase de las ataduras de la carne y de la corrupción, para dar lugar a la eterna juventud de la Iglesia. Él proclamó el final de las profecí­as y le anticipó a la Santí­sima Madre la Pasión y la Vivificadora Resurrección del Salvador, como un verdadero signo de contradicción, mediante la cual caerí­an los injustos y aumentarí­a el número de los que creerí­an en él.

Una mujer llamada Ana, una viuda de avanzada edad de la tribu de Aser, también se acercó al niño y comenzó a alabar a Dios. Ella era bien conocida por todos los que frecuentaban el templo, porque serví­a a Dios continuamente, a la espera de la venida del Mesí­as, haciendo ayuno y oración. Ella también dio gracias al Señor y habló sobre el niño a todos los que esperaban la redención de Israel.

Habiendo escuchado estas revelaciones, los fariseos presentes se fueron a informar al rey Herodes, quien se enfureció al enterarse que Marí­a habí­a sido situada entre las ví­rgenes por el Sumo Sacerdote. Herodes se dio cuenta de que ese era el niño que serí­a el nuevo rey predicho por los Reyes Magos que siguieron la estrella de Oriente, e inmediatamente envió soldados para matarlo. Sin embargo, advertido a tiempo, José y Marí­a huyeron de la ciudad y se refugiaron en Egipto guiados por un ángel de Dios. Según la tradición, pasaron dos años y medio antes de su regreso a Nazaret en Galilea. Allí­, el Divino Niño creció en silencio hasta el momento oportuno de su ministerio en el mundo.

La festividad de la presentación del Señor en el templo, conocida en Occidente como la purificación de la Madre de Dios o el Dí­a de la Candelaria -observada en Jerusalén desde el siglo IV- fue adoptada en Constantinopla por el emperador Justiniano en 542, y desde entonces ha sido contada entre las festividades del Señor.

Artí­culo tomado de la página web de la Iglesia Ortodoxa Antioquena

 
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