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26 de agosto de 2018

Sermón del Metropolitano Filareto (Voznesenky) para la Fiesta de la Dormición de la Madre de Dios

Celebrando el domingo de resurrección, la Iglesia también conmemora hoy la gran fiesta luminosa de la Dormición de la Madre de Dios. Por el Evangelio sabemos que nuestro Señor Jesucristo cuando se despedía de Sus apóstoles antes de la Ascensión, los consoló con Su promesa: Yo estaré con vosotros hasta el final de los siglos. Amén” (San Mateo 28:20). Es decir, Yo estoy siempre con ustedes. Los santos apóstoles no olvidaron esta regocijante promesa de Su Maestro ni por un minuto. Como dice la historia de la Iglesia, cuando ellos se reunían para el ágape, el lugar principal en la cabecera de la mesa siempre lo dejaban vacío justamente en honor a Su Divino Maestro, con la firme fe de que Él estaba presente de manera invisible. Lo mismo ocurrió cuando falleció la Santísima Virgen María.

Pero luego de unos días aquí ocurrió algo diferente. Cuando los apóstoles se reunieron para el ágape y estaban a punto de pronunciar la oración correspondiente al elevar el pan: “¡Señor Jesucristo, ayúdanos!” repentinamente vieron sobre ellos en el aire a la Madre de Dios en Gloria Celestial, rodeada de una radiante luz y de ángeles. Ella les dijo: “¡Regocijaos! ¡Yo estaré siempre con vosotros!” repitiendo de esta manera la regocijante promesa que antes le había dado Su Divino Hijo. Ese momento, en el cual Ella apareció en gloria delante de ellos, fue la primera vez que los apóstoles vieron Su Gloria Divina. Luego se enteró de ello todo el mundo cristiano.

Recuerden los primeros días y años de la vida de la Virgen María en la tierra. Vivía ella humildemente, desconocida por todos, primero con los padres y luego con el recto José y se acostumbró a Su destino de suma humildad porque quien le fue designado por esposo, el recto José, como sabemos era carpintero y, claramente, se ganaba el sustento solo con el fruto de sus manos. Por consiguiente, su casa no era de las ricas. Pero he aquí, que mientras ella estaba abocada a su tarea preferida: la lectura de las Sagradas Escrituras, inesperadamente se le apareció el Arcángel Gabriel, quien anteriormente se le aparecía en el Santo de los Santos. No se asustó ella ante esta aparición que hubiera asustado a otros, ya que él, como ya mencioné, más de una vez se le apareció y conversó con ella. Pero esta vez lo que le decía, ella lo escuchaba por primera vez: “¡Regocíjate, Bienaventurada! El Señor es contigo, bendita eres entre las mujeres…” y por ello se turbó ante estas palabras (San Lucas 1: 28-29), el Santo Evangelio dice “se turbó”. Como diríamos hoy día, se desconcertó por lo inesperado y por no entender el significado de ese saludo tan solemne que ninguna doncella judía había escuchado. Viendo que ella estaba tan alarmada aunque en silencio, el Ángel le dice: “María, no temas, porque has hallado la gracia de Dios, y he aquí, concebirás en tu seno, y parirás un hijo” (San Lucas 1: 30-31). Y luego le dice quién será ese Hijo: “Éste será grande y será llamado Hijo del Altísimo: y reinará en la casa de Jacob por siempre; y Su reino no tendrá fin” (San Lucas 1: 32-33). María se encuentra ante esta Buena Nueva, pero por supuesto, su clara mente no puede dejar de mostrarle algo que ella no puede dejar sin reflexión: Ella dio un inquebrantable juramento de castidad hasta la muerte, entonces ¿cómo podrá ser Madre de un niño? Y humildemente pregunta: “¿Cómo será esto? porque no conozco varón” (San Lucas 1: 34). El Ángel le dice: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá; por lo cual también lo Santo que nacerá, será llamado Hijo de Dios” (San Lucas 1: 35). Ese fue el primer indicio de Su Gloria, sin parangón, única en el mundo y a la cual el Angel hace referencia de manera tan sutil por el momento.

Sabemos que luego de la Anunciación, la Virgen se apresuró a ir a ver a Su pariente mayor, la recta Elizabeth para compartir con ella la noticia y la alegría. Pero cuando entró en su casa, su prima mayor (a quien la Virgen María muy joven aun, se dirigía siempre con un profundo respeto), inesperadamente cae a sus pies y le dice: “¿Y de dónde esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí?” (San Lucas 1: 43). Es la primera vez que es llamada “Madre del Señor”, es decir, la Madre de Dios. Aquí comenzó Su Gloria y ella con Su respuesta indica que eso ya le fue revelado “Porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso; y santo es Su nombre. Porque he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones” (San Lucas 1: 49-48).

Pero solo aquí se ve esa gloria, porque luego vuelve a Su humildísimo destino en la vida terrenal hasta Su santísima Dormición, ya que Ella, sin dudas, trataba siempre de pasar desapercibida, de manera tal que en el Evangelio se la menciona poco y casi nada en el Libro de los Hechos de los Apóstoles. Sin lugar a dudas, ella fue el centro durante los primeros años de la Iglesia cristiana después de la Ascensión de Su Divino Hijo, sin embargo, se la menciona muy poco por Su propio deseo, tanto deseaba Ella recubrirse de humildad.

Pero luego de su gloriosísima Dormición ella se aparece ante los apóstoles en la plena altura y gloria con la que la bendijo el Señor. ¡Grande y temible es esa gloria! ¡Nadie fue coronado por Dios como Su Santísima Madre! Y cuando ella les dijo a los apóstoles: “Yo estaré siempre con vosotros” en lugar de la exclamación usual: “¡Señor Jesucristo, ayúdanos!”, exclamaron: “¡Santísima Madre de Dios, ayúdanos!”

Y de ahí siempre fue así, en los monasterios cuando se realiza el rito de la elevación de los panes benditos, esa es la exclamación que se pronuncia: “¡Santísima Madre de Dios, ayúdanos!” Y todo el género humano cristiano, desde que existe, siempre le reza a la Santísima para que nos ayude.

Todo el género humano cristiano desde su inicio constantemente le reza a la Purísima para que nos ayude. ¿Cuál era la oración que más le gustaba al pueblo ruso antaño en su tierra? “¡Madre de Dios, salva la tierra rusa!”. Y Ella la salvó, muchas veces la salvó. Conocemos la fuerza de Su intercesión y Sus oraciones. Sabemos, como lo decían los santos, que hubo casos en los que el Señor estaba rectamente enfadado por las iniquidades de los hombres, ya a punto de levantar la espada de justicia, pero Ella aplacaba el enojo con Sus oraciones, y así el castigo se tornaba en misericordia. Así es como la Iglesia celebra Su Dormición, como la fiesta de la esperanza cristiana, ya que Ella es la Intercesión inmutable, esperanza inquebrantable tanto como incansable en Sus oraciones.

En el Evangelio de hoy vemos que sin ayuda desde lo alto los esfuerzos humanos son vanos. Los apóstoles no lograron pescar nada en toda la noche. Cuando lo hicieron con la bendición de Su Maestro, pescaron 153 peces grandes. Y el evangelista remarca con asombro: “y siendo tantos, la red no se rompió” (San Juan 21:11). Eso es lo que significa la bendición de Dios, la ayuda bendita del Cielo. Esa ayuda es la que nos envía Dios y tiene la buena voluntad de enviarla siempre por las oraciones de Su Purísima Madre. No en vano en las oraciones de la iglesia se dice con tanta insistencia que Él mismo, Fuente de toda bondad, nos otorgó a la gran Intercesora y Protectora, y que Él también escucha las oraciones maternales y por ellas nos envía misericordia y perdón. Toda alma cristiana debe recordar esto constantemente y acudir a la Madre de Dios con la firme esperanza de que Ella nunca dejará sin atender una oración que proviene de la fe, sino que como Madre amante siempre acudirá en nuestra ayuda para asistir a un alma orante en pena. Amén.

 
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