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02 de mayo de 2021

“Cristo, nuestro cordero pascual, ha sido sacrificado; Entonces festejemos con alegría en el Señor”

1 Corintios 5: 7b-8a
¡Cristo Resucitó!

Un joven y su padre viajaban en auto por un camino rural en una hermosa tarde de primavera. De la nada, un abejorro entró por la ventanilla del coche. El niño era alérgico a las abejas y por eso comenzó a entrar en pánico. Sabiendo de su alergia, el padre rápidamente, agarra la abeja, la aprieta en su mano y luego la suelta. Al ver al insecto enojado zumbando alrededor del auto nuevamente, el chico se volvió frenético otra vez.

Al ver el miedo de su hijo, el padre extendió la mano diciendo: 'Mira aquí'. Allí, incrustado en su palma, estaba el aguijón de la abeja. '¿Lo ves?' Preguntó él. 'Ya no necesitas tener miedo. He tomado la picadura por ti”.

He tomado la picadura por ti.

¿Cuántas veces hemos anhelado decir estas palabras a alguien con dolor? Cuando la tragedia golpea a nuestra comunidad, extendemos una mano para ayudar. Cuando un amigo o miembro de la familia, un ser querido o amado, un niño querido tiene miedo, les decimos: “me gustaría poder hacer algo. Desearía poder tomar tu lugar”. En los casos más extremos rezamos: “tómame a mí y no a ellos”. Es la maravilla de las maravillas que nuestro Dios sea de la misma manera. Al ver nuestro aislamiento el uno del otro, ver nuestra fragilidad, al ver nuestro miedo a la muerte y el temor al poder que la muerte tiene sobre nosotros, Jesús entra en la muerte, asumiendo la responsabilidad de eliminar la picadura, el aguijón. El gran pecado del Edén no fue tanto sobre un árbol frutal, sino como sobre el rechazo de nuestra unidad con Dios, el olvido de que somos amados por Dios y que nos pertenecemos unos a otros.

La Cuaresma es el viaje de regreso a estas dos verdades y son parte de lo que celebramos esta Pascua. La alegría más importante de la Pascua es la esperanza en la resurrección general. Pero para su cumplimiento debemos estar unidos a Dios y unos a otros. No existe nada que pueda arrebatarnos de ser amados por Dios, ni siquiera la muerte nos puede separar, y a pesar de todo lo que puede indicar lo contrario, nos pertenecemos unos a otros. Nuestro llamado como cristianos es testimoniar diariamente la promesa de Dios de la vida sobre la muerte y la alegría sobre el sufrimiento. Nuestro papel es sanar de tal manera que las vidas se transformen y las comunidades se reconstruyan. Como pueblo de Dios, debemos dar testimonio de estas verdades de Pascua todos los días.

Donde habíamos sido quebrantados, Cristo nos repara. Donde habíamos sido dispersados, Cristo nos reúne. Donde habíamos caído, Cristo nos levanta de nuevo. Donde habíamos estado muertos, Cristo trae nueva vida. Y proclamamos junto a San Pablo: “He aquí, os digo un misterio: no todos dormiremos, pero todos seremos transformados en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la trompeta final; pues la trompeta sonará y los muertos resucitarán incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Pero cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: DEVORADA HA SIDO LA MUERTE en victoria. ¿DÓNDE ESTA, OH MUERTE, TU VICTORIA? ¿DÓNDE, OH SEPULCRO, TU AGUIJÓN? El aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado es la ley; pero a Dios gracias, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por tanto, mis amados hermanos, estad firmes, constantes, abundando siempre en la obra del Señor, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano.”
1 Corintios 15:51, 58.
¡Cristo Resucitó! ¡En Verdad Resucitó!

 
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