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Iglesia Ortodoxa Rusa en la Argentina - Sermón del Arzobispo Demetrio de Jersón y Odesa (+1883г.) en el dí­a del Manto Protector de la Santí­sima Virgen
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16 de octubre de 2017

Sermón del Arzobispo Demetrio de Jersón y Odesa (+1883г.) en el dí­a del Manto Protector de la Santí­sima Virgen

Te magnificamos, Santí­sima Virgen, y honramos Tu Santo Manto.

¿Qué es el Manto de la Santí­sima Virgen, Madre de Dios? Es Su todopoderosa intercesión ante Su Hijo y Dios, con el cual se cubren las enfermedades y pecados de los hombres ante la mirada de la Justicia Divina, por el cual se prolonga el tiempo de la longanimidad de Dios para con el mundo sumido en el mal, por el cual el Señor nos tiene compasión y misericordia, por el cual sigue brillando Su sol sobre malos y buenos, y llueve sobre los justos e injustos. Es también la misericordia maternal de la Virgen, que nos protege y cubre de todo mal, nos colma de muchos y variados dones de la bondad Divina, hasta que sobrepasemos la medida con nuestros pecados, hasta que la iniquidad humana no clame a los cielos con fuerte voz y no aleje de nosotros Su mirada compasiva.

¿A quién cubre este bendito Manto de la Madre de Dios? A la Iglesia de Su Hijo Divino, nuestro Señor Jesucristo, que es Su Cuerpo, y para la cual, por ello mismo, la Santí­sima Madre del Señor es la bendita Madre y Reina. Por ello todos nosotros, hermanos mí­os, mientras seamos miembros de la Iglesia de Cristo, mientras conservemos la santa fe en el Señor Jesucristo, mientras sigamos Su Divino Evangelio, mientras participemos de Sus misterios salvadores y llenos de gracia; entonces estaremos sin lugar a duda bajo el bendito Manto de la Madre de Dios. ¿Por qué será –pensarán ustedes- que muchas personas no notan el bendito Manto de la Madre de Dios sobre sí­? Eso ocurre, porque no pueden ni ver ni sentir las bendiciones por su incapacidad, ni recibir los dones de Dios por su indignidad. Para ver la luz, se necesita un ojo sano; para escuchar un sonido, se debe tener un oí­do sano. El ojo espiritual de nuestra mente es la fe viva. Quien tenga este ojo de la mente más luminoso, quien tenga una fe más limpia, más fuerte y perfecta; aquel verá más y podrá divisar más lejos. Aquel verá en todo el mundo que lo rodea la fuerza eterna de Dios, que todo lo contiene, todo lo vivifica, todo lo dirige según las leyes de la sabidurí­a, el bien y la verdad; aquel en todas las circunstancias aparentemente comunes de su vida, verá la mano de Dios que todo lo dirige, y que actúa de manera arcana, invisible, misteriosa, pero aún así­, real, vivificadora y salvadora. Aquel se entrega enteramente a sí­ mismo y a toda su vida a la bondadosí­sima voluntad de nuestro Señor Jesucristo y Su Purí­sima Madre, en todo se confí­a en Su sabidurí­a, todo lo espera de Su bondad y misericordia. Por el contrario, aquel cuyo ojo de la mente está enceguecido con el polvo del ajetreo diario y las pasiones; o con la oscuridad de la superstición y la incredulidad, aquel, no verá nada más que las sustancias burdas en el mundo, la inerte necesidad en los fenómenos de la naturaleza y casos ciegos en las circunstancias de la propia vida.

El santo profeta David, previó al Señor con su fe viva, y por ello vio sobre sí­ el manto de la misericordia de Dios en todas las circunstancias de su vida. Señor –confiesa él- Tú me has examinado y conocido. Has entendido desde lejos mis pensamientos. Mi senda has examinado, y has previsto todos mis caminos. No fue encubierto de Ti mi hueso, y vieron Tus ojos las cosas todaví­a por hacer por mí­. Porque Tú, oh Señor, eres mi esperanza desde mi juventud. Por Ti he sido sustentado desde el vientre de mi madre. De Ti será siempre mi alabanza (Salmos 138, 1. 2. 3. 15-16; 70, 5-6). Por el contrario, aquellos dementes mencionados en el libro de los Proverbios de Salomón, que están atascados en el pantano de los placeres sensuales, cegados con la oscuridad de la incredulidad, que solo se complacieron con la esperanza herética, como habiendo nacido por sí­ mismos y por casualidad, y por ello es que son como inexistentes, y su espí­ritu se disipará como el ligero aire, y su sino será igual al de los animales. La conciencia y el corazón son el oí­do de nuestra alma. Quien tenga la conciencia más limpia, el corazón más tierno y sensible, quien tenga su sentimientos internos más finos y piadosos, aquel vivamente siente todo contacto de la fuerza superior, con claridad nota toda acción de la gracia del Espí­ritu Santo de Dios, aquel aún en los más recónditos movimientos de su corazón -sean luminosos u oscuros, buenos o malos- siente la presencia o bien del Espí­ritu de Dios, o bien del espí­ritu del maligno. Por el contrario, aquel cuya conciencia está oscurecida por las malas acciones, cuyo corazón está ensordecido por el ruido de las pasiones y los deseos viciosos de la carne, cuyos sentimientos internos se han secado y endurecido por el calor abrasador del amor propio y avaricia, aquel nunca sentirá ni los empujones más fuertes de la gracia de Dios en su corazón, no será consciente ni de las más sorprendentes acciones ni de la bondad y misericordia ni de la ira y castigo de Dios, del mismo modo que una piedra no siente ni la beneficiosa lluvia ni los fuertes relámpagos.

De este modo se puede llegar hasta un estado en el que no sólo no verás ni sentirás sobre ti el bendito mando de la Madre de Dios, sino que lo perderás por completo. Las aparentemente pequeñas dudas y confusiones en materia de la fe en Cristo enfrí­an la fe, luego llevan a la poca fe y finalmente a la incredulidad y la dureza de corazón que nos separan de la vivificadora vid; nuestro Señor Jesucristo; y nos convierten en ramas secas en el viñedo de Cristo, que solo sirven para ser quemadas. Las debilidades y faltas aparentemente pequeñas y que no son corregidas oportunamente, poco a poco se hacen inclinaciones fuertes que nos desví­an, luego hábitos y pasiones arraigados que destruyen todo lo bueno y nos hacen muertos ante Dios, separados de la vida Divina y ajenos a los mandamientos prometidos. El Señor dice sobre tales personas: veo tus obras: tienes un nombre como si estuvieses vivo, pero muerto estás. Su corazón está muerto, ya que no le llegan ni las convicciones ni las amenazas evangélicas, ni las promesas regocijantes de la vida eterna, ni los terribles castigos de los sufrimientos eternos. Su mente está muerta, ya que no reconoce ni entiende aquello que nos es revelado en la Palabra de Dios de manera más clara que el sol, no ve el abismo de la muerte que se abre bajo sus pies. Su conciencia está muerta, ya que no tiene fuerzas contra el grito de las pasiones, su conciencia duerme como aletargada y no siente sobre sí­ las llagas del pecado. Su voluntad está muerta, porque ella no se dirige hacia las obras de luz, vida, santidad y verdad, sino a las obras muertas de la oscuridad, deshonestidad, mentira e iniquidad. En tal estado, ¿es digno el ser humano del bendito Manto Protector de la Madre de Dios y siquiera de llamarse cristiano? ¿Puede acaso Aquella que es más honorable que los querubines proteger las iniquidades con las cuales vuelven a crucificar a Su Hijo y Señor? ¿Puede acaso mirar la Santí­sima y Purí­sima Virgen con mirada benigna la impureza y la pestilencia del pecado? No, los pecadores no contritos no deben esperar de Ella misericordia sino ira, ni protección y amparo sino un pleno rechazo.

Por ello, hermanos mí­os, debemos guardar, en primer lugar, nuestra fe como a la niña del ojo; no entregarnos a las dudas, cavilaciones, confusiones en cuestiones de la fe cristiana, con las cuales el diablo hace todos sus esfuerzos para alejarnos de la verdad y enredarnos en las redes de la mentira y la perdición. Más aun debemos cerrar nuestro oí­do y repeler del sacrilegio y las burlas de aquellas personas cuya conciencia está quemada, quienes entregados a las pasiones carnales y a la concupiscencia buscan calmar su espí­ritu no solo en su propia incredulidad, sino en la caí­da de los demás. El Santo Evangelio en el que creemos es la viva y vivificante Palabra del Hijo Unigénito de Dios, quien nos creó en el principio, nos salvó a nosotros caí­dos con Su Divina Sangre y nos juzgará en el último dí­a: el cielo y la tierra pasarán, mas Sus palabras no pasarán.

Principalmente debemos cuidar nuestra conciencia en pureza y santidad, o limpiarla oportunamente de la impureza del pecado con el baño de un verdadero arrepentimiento. Una conciencia pura, hermanos mí­os, es un tesoro tal que no hay nada más valioso ni necesario en el mundo como dice un santo varón. Con ella podemos pasar toda la vida en paz y tranquilidad, sin importar si nos sobrevienen todas las penas y tribulaciones mundanas, o nos atacan todas las fuerzas enemigas. Con ellas enfrentaremos nuestra muerte sin temor y con agradecimiento, como a un amigo y benefactor sin importar cuando nos llegue. Con ella compareceremos sin vergíüenza ante el temible Juicio de Dios con la esperanza de ser justificados en la vida eterna. Por el contrario, si no nos preocupamos por purificar nuestra conciencia con lágrimas de arrepentimiento, si descendemos cada vez más bajo en el abismo de la insensibilidad y la dureza de corazón, llegaremos muy pronto hasta el terrible estado de aquellas personas que el Apóstol llama “quemados por su conciencia”, a quienes los espera el fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles.

Finalmente, debemos reblandecer nuestro corazón, elevar y perfeccionar nuestros sentimientos internos con el amor al prójimo, con la misericordia y compasión por los afligidos, para preparar nuestra alma para la digna morada del bondadosí­simo Espí­ritu de Dios, para hacer que nuestro corazón sea capaz de sentir y disfrutar de los bienes espirituales que otorga el Espí­ritu de Dios a un alma creyente. Ya que, ¿puede acaso sentir en el corazón la bendita paz de Dios que supera todo entendimiento, aquel que no hizo las paces sinceramente con su enemigo, no perdonó de todo corazón a quien lo ofendió? ¿Puede sentir toda la bienaventuranza del perdón de sus pecados, aquel que no perdonó a su deudor la deuda impaga, aquel que no liberó al afligido de la prisión donde fue puesto por su ambición y amor por el dinero, aquel que guarda en su corazón la envidia, la malevolencia y el odio al hermano? ¿Puede abarcar, entender y sentir toda la grandeza del ilimitado amor de Dios por nosotros pecadores, y colmarse, como lo dice el Profeta, con el sentimiento de veneración y éxtasis, aquel que no agrandó su corazón con el amor por sus hermanos, quien no elevó su espí­ritu hasta la altura de la negación de sí­ mismo y el amor, donde el hombre es capaz de entregar su alma por sus hermanos, aquel que no abrazó con sincero amor a sus enemigos, aquel que no rezó de todo corazón por quienes lo odian y lo ofenden? ¿Puede acaso disfrutar con alegrí­a santa y pura en el Señor, aquel que no regocijó a los que lloran, no consoló a los apenados, no alegró a los acongojados, no fue partí­cipe de todo corazón de las alegrí­as ni las penas de su prójimo? ¿Puede acaso un corazón endurecido y mundano de un hombre avaro y que solo se ama a sí­ mismo respirar de esas sensaciones celestiales de paz y regocijo del Espí­ritu Santo?

Es por todo ello, hermanos mí­os, que la santa Iglesia nos enseña a pedirle a la Santí­sima Madre de Dios antes que nada que nos saque de la profundidad del pecado, que ilumine los ojos de nuestro corazón con la visión de la salvación, que vivifique nuestros corazones con el espí­ritu de la devoción y el temor de Dios, con el espí­ritu de verdad y pureza, con el espí­ritu de amor y compasión. ¡Pidámosle este primerí­simo bien! Entonces seremos capaces y dignos de ver y sentir Su bienaventurado Manto sobre nosotros. Amén.

 
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